Feeds:
Entradas
Comentarios

Ronchas verdes

El mundo está lleno de personas que viven en función de compararse con el vecino, con el primo y con el enemigo para ver quién es el más infeliz o quién tiene lo que al otro le hace falta. Todos los defectos y las cualidades humanas no les alcanzan para justificar por qué el destino de los demás les produce tanta urticaria. Nunca se miran al espejo, el ego es muy exagerado y no les da tiempo ni permiso de echarse un ojo, así que prefieren usar la envidia para maquillar el miedo que sienten al verse a sí mismos como ejemplo a seguir.

Los bonitos se ven feos, los feos se ven bonitos; las narices crecen, se estiran o se achatan según el estado de ánimo; la boca nunca será tan gruesa ni delineada como la de zutana o la de mengano; los ojos siempre parecerán muy almendrados, muy pequeños, muy claros, muy oscuros. Al final, la piel siempre delatará que ya no se tienen 15 años.

El temor de no ser príncipes o princesas los bloquea. Ni un buen empleo, una relación amorosa estable ni el talento natural para tocar la armónica, ni pintar con estilo una pared o hacer sonreír a un amigo les quita esa piquiña que les rasca los 365 días del año. Las ronchas a veces son rojas, a veces se ponen moradas, unos días se tornan verdes, eso depende del aumento de la lupa con la que se mire el salpullido.

Tanta alergia desaparecería si botaran el ego a la caneca. Si dejaran de escuchar esa voz que les dice que son mucho más o mucho menos que alguien. Si solo se dieran la oportunidad de liberarse de la ansiedad por culpa de objetos, emociones y relaciones que no necesitan.

¿Qué tan difícil sería permitirle al mundo que fluya sin tantas pretensiones engañosas?

 

Comida

Las papas a la francesa son mis favoritas. También como atún con arroz. Las salchichas en lata me derriten, lo mismo que las galletas soda untadas con mermelada de mora y queso crema. Las verduras son buenísimas pero no me llenan. Siempre llevo en el bolso algún tipo de pasabocas de los saladitos, unos triangulitos de queso o un paquete de maní salado con pasas. Eso sí, tomo mucha agua con gas para poder ir al baño cada vez que me atraganto con unos nachos condimentadísimos, mojados en queso gruyere, una malteada de chocolate doble y un buen pedazo de salchichón. Los dulces también me gustan pero prefiero la sal. Por mí, acompañaría cualquier plato con media libra de tocino frito. Nada es más feliz que sentir el contacto de los trozos planos de carne seca y crocante en la lengua. Cómo no desear el delicioso olor ahumado de esas tiras de manteca ni añorar ese color pardo que van adquiriendo mientras les salen las burbujitas de grasa.  Se me hace agua la boca.

Hoy almorcé fríjoles chinos. En vez de llevar carne molida y plátano maduro, los preparan con pollo desmenuzado y les echan pimentón y apio cortado en julianas. Una delicia. También tomé caldo de pollo y dos vasos de jugo de fresa. De postre, me devoré un helado de vainilla cubierto con chocolate y crema chantilli. Para no sentirme tan mal, rematé con un tecito de frutos rojos.

Por las noches trato de no comer porque me sienta mal y tengo pesadillas si me acuesto muy llena. Siempre sueño lo mismo: estoy sentada sobre mi cama, mirando hacía el piso y mis ojos se quedan anclados en mis pies regordetes y rosados. El cuarto da vueltas, la mesa de noche está llena de tarros que no logro reconocer. Sé que pasa algo malo dentro de mí, que sería mejor no moverme, pero aún así, me levanto con esfuerzo y me voy dando pasitos cortos, como jugando pica-pala hasta el baño y me monto sobre la báscula que, al sentir el exceso de peso, se rompe en muchos pedacitos.

Mañana estoy invitada a comer donde la tía de mi novio. La señora cocina como profesional de restaurante cinco estrellas. Además, creo que esta vez vamos a probar su famoso Bistec a caballo. Las veces que hemos ido a visitarla, doña Carmenza nos recibe con jugo de mango y pastelitos de pollo miniatura que nos manda su esposo, el panadero. Falta más de mediodía para sentarme en su comedor y ya me produce una ansiedad infinita verlos ahí, en la bandeja, tan doraditos, llamándome por mi nombre para que me los coma, para que deguste su sabor a mantequilla con toques de ajo.

Todavía recuerdo que en la última visita, mientras me hundía cuantos triangulitos de hojaldre me cabían en la boca y en la panza, la escuche decir que me ofrecía toda la comida del mundo porque le gustaba alimentarme, aunque no entiendía por qué pesaba tan poco si comía tanto.  Luego de su desafortunado comentario fui al baño.

Desde entonces hace parte de mi rutina desocupar las tripas antes de que sirvan el plato principal.

Las rutinas también fallan

Todos los días mis cosas cambian misteriosamente de puesto. Mi memoria y mi sentido de orientación no me sirven ni para llegar al cuarto de al lado sin tener que devolverme porque “algo” se me quedó. A veces lo encuentro, a veces simplemente ese “algo” desaparece, así, sin más.

Tal vez estos baches de tiempo entre objeto perdido, objeto encontrado y objeto de viaje al Triángulo de las Bermudas sean culpa de los medicamentos que estoy tomando. A veces, los antibióticos para el asma y la rinitis funcionan como bloqueadores mentales, pienso yo. O quién quita que le hayan echado algo más que harina a las vitaminas que tomo para mantener limpias las arterias.

Lógico o no, en este mundo sintético, sobrecargado de ilusiones ópticas, hasta la lechuga viene con contraindicaciones. Todo nos afecta para mal: el clima parece dirigido por locos; la leche sienta pésimo al estómago; los dulces dan diabetes; la pega del arroz o algún alimento con más de diez calorías “engorda”; los cítricos generan alergias en la piel; los noticieros solo muestran mentiras; las pantallas prendidas de cualquier aparato pasman el cerebro. Muchos incluyen en sus listas negras al sexo, aunque el porno es bueno, no sé por qué siempre lo meten en el saco de la ropa sucia.

Y si lo bueno es malo, lo malo es espantoso. Lo que no nos sienta mal nos puede matar. Por ejemplo, cualquier cosa que no le guste a la persona con la que se esté hablando. El tema es lo menos. La hora y el día de la semana en la cual se produzca la conversación de pronto sí influyen en la percepción de las cosas, pero lo importante es ver el vaso de agua podrido. En especial, si con el que se habla es médico.

En una ocasión, recuerdo que me recetaron unas gotas para los ojos que me produjeron un mareo extraño, claro que eso fue por una conjuntivitis tremenda que me atacó por rastrillarme los ojos con los dedos después de coger plata y monedas. Entonces fui al oftalmólogo. El sujeto me dijo que iba a quedar ciega. Gracias al cielo el tipo no tuvo la razón y sigo viendo. En lo único que atinó el señor que me miró los ojos fue en decir que eran verdes y en que los billetes son lo más puerco que uno puede llegar a tener en las manos. Lo mismo que los trapos de cocina y las barandas de los buses. Respirar es un riesgo inevitable. Siempre hay bacterias, virus, chiflones malignos y porquerías escondidas en donde uno menos quiere que aparezcan. Eso último lo digo yo. El positivismo no siempre me gana.

No sabría cómo llamar a la poca pericia del médico que me diagnosticó ceguera permanente, lo que sí podría describir es su actitud frente a sus pacientes: mala voluntad. Y esa forma de enfrentar la vida sí mata todo.

Pero aquí el asunto es que las cosas se están empezando a refundir de donde las dejo. Ya nada parece estar en su lugar. El viejo drama de dónde están las llaves de la casa, el problema con la chaqueta que apareció en el closet equivocado, el increíble caso del celular al que le salieron paticas y el recibo que guardé tan bien guardado que ahora no tengo ni idea en qué cajón, billetera o cuaderno andará esperando a que lo encuentre. Todos los días me pregunto qué habrá pasado con ese libro que compré hace media hora o si el lápiz que acabo de usar fue raptado por alguna energía invisible, mientras los ojos que todavía me sirven para ver películas parpadean.

También puede ser una falta de concentración crónica.

Hoy, como de costumbre, me senté en frente de mi escritorio y, según yo, dejé sobre la mesa una tasa de café con leche, muy caliente. Sin embargo, a los dos minutos estaba buscando debajo de las baldosas la bendita tasa. No la veía. Estaba casi en mis narices pero mi cerebro no la quiso reconocer. Tuve que hacer una parada técnica en la cocina, donde confirmé que necesito comprar aceite de oliva y unas salchichas para el desayuno de mañana. Me distraje pensando en el almuerzo y la comida, cuando bajé otra vez a tierra firme y recordé que antes de entrar al cuarto donde trabajo visité el baño para dejar unas toallas que llevaba colgadas en el hombro derecho.

La tasa del inodoro, por más cerrada que esté, no es un buen lugar para poner las tasas del café recién servido.

Anita

Anita come poco y duerme menos. Los días pasan sin que ella note que el mundo gira a toda velocidad afuera de su habitación. El pino con tres ramas enclenques que dejó de ver hace unos meses se convirtió en un árbol muy verde que sirve de nido a una familia de copetones que hacen mucha bulla. Sin embargo, ella no los escucha, no percibe siquiera que están ahí, a tres pasos de su ventana. El sol sale cada día con más fuerza y alumbra el quicio de la puerta, una esquina de la sala y gran parte del comedor.

Incluso en verano,  todavía se oye el ruido de un pasado borroso que traspasa las paredes y se oculta en la mirada hueca de una muñeca que le regaló su tía, semanas antes del caos.

Pero hoy quiere pintarse la boca de rojo. El labial elegido para la ocasión es una deliciosa chupeta de fresa que le regaló su mamá esta mañana, después del desayuno. Es un día especial, aunque no tiene claro por qué escogió como traje de buena suerte aquel delicado vestido de tela color cereza sin mangas, adornado con un coqueto lazo carmín en la cintura y salpicado con muchas pepitas blancas y negras.

Antes de mandarse al vacío de la calle, la niña abre mucho los ojos y ve que el paisaje está despejado. Las sombras que antes la perseguían ya no están, ahora todos los objetos que recordaba en blanco y negro se muestran frente a ella con su color original. Anita respira profundamente, exprime el miedo y va dando saltitos por el camino de adoquín hasta llegar al columpio que la estuvo esperando durante largo rato. Se sienta en la llanta gastada, agarra con fuerza las cuerdas amarillas y empuja el suelo de arena con los pies, mientras espera a que el viento la salude.

Entonces, en el tercer impulso, la niña suelta una carcajada que aleja el sonido del viejo desastre y se entrega al movimiento de vaivén. El sol brilla con una intensidad que no ciega, una intensidad que ilumina todo su cuerpecito disfrazado de mariquita.


Gato negro

Yo, señor, no soy malo.

Todo fue culpa de ese gato negro que saltó sobre mi cabeza como un loco, clavando uñas, garras y pelos sobre mi brillante cuero cabelludo. ¿Cómo que no me cree? Si hasta la chismosa de mi vecina vio la tragedia con sus ojos miopes, y fue tal el susto de la vieja al ver mi preciosa humanidad en peligro, que dejó salir un graznido de su boca arrugada y sin muelas, un graznido tan repulsivo que hasta yo lo escuché, como un mal presagio, en medio de mi propio alboroto. No, señor, las cosas no son lo que parecen.

La verdad es que yo estaba trepado en el techo de la casa, buscando una gotera que había convertido mi sala en un acuario, cuando ¡zas! apareció de la nada esa mota negra del demonio. Mientras ese condenado gato me dejaba la cara como un Cristo y se escapaba, impune y feliz, mi señora arrancaba hierba mala del jardín.

No sé si ella se dio cuenta de lo que me pasaba allá arriba. No le alcancé a preguntar. Igual, ella nunca se daba cuenta de nada. Además, yo no estaba mirando para abajo, ¿qué tal me hubiera caído?

Claro que mis herramientas sí se resbalaron del tejado y cayeron, una a una, aterrizando sobre el pasto, y bueno, el martillo se clavó sin remordimiento justo en la testa de mi querida María.

Suposiciones

Estoy de muy mal humor. Supongo que por eso voy caminando más rápido que los demás y los esquivo con fastidio, los miro directo a la cara con el único objetivo de que se desaparezcan de mi vista. Respiro. Tal vez sea el clima. Tengo calor. Hoy me puse un saco negro con dos líneas blancas en el borde de las mangas y un bonito cuello en V. Tengo mucho calor, pero me gusta este saco. Supongo que el día que lo compré pensé que me hacía ver elegante, resalta mi cintura. ¿Por qué dejé que las nubes y la lluvia me engañaran esta mañana? Cuando salí de mi casa estaba lloviendo. Antes hacía frío. Supongo que por eso también me encarté con la sombrilla y esta bufanda peluda que no me cabe en la maleta. Mi mamá siempre me pide que me ponga algo que me tape el cuello porque no quiere que me enferme. Ella le tiene miedo al frío, supongo. Aunque la gente nunca es como yo me la imagino. Siempre resulta tan complicada, tan llena de problemas que no me dejan disfrutarlos como yo quisiera. Voy de afán y no pasa ningún taxi, pero llego muy tarde si me voy caminando hasta la oficina. Supongo que todos los taxis de esta puta ciudad son cangrejos amarillos, muertos del miedo (huelen mi ira) y por eso pasan solo al lado contrario de mi ruta para no encontrarse conmigo. Qué mierda mirar la hora en el celular y sentir ganas de llamarlo. Pero no puedo. Me angustia la idea de que no me conteste. Además, supongo que él no quiere escucharme. Supongo que le dará pereza hablarme o tal vez no le interesa mi voz. No puedo seguir así. Por fin, un taxi libre. Voy a llegar a tiempo, ¿quién se lo iba a imaginar? No todo está tan mal. Respiro ¿y si llego y cancelan la reunión? Pánico.

La vida es toda la basura que acumulo en mi cabeza. Siento que cualquier cosa que piense en este momento es un engaño. El estado anímico es el eterno estado de suponer, el de actuar sin saber. Estoy de muy mal humor. Es solo eso. Mejor no supongo más.

Citas

María estaba cansada de esperar. Era una mujer impaciente. No llevaba más de cinco minutos sentada en ese café, pero estar sola en la mesa la hacía sentir ridícula. Ella tan bien arreglada, tan exitosa en su trabajo, tan segura de sí misma mientras manejaba su camioneta último modelo. Ella, al borde de un ataque de ansiedad por culpa de un desconocido. Ya ni siquiera sabía por qué había aceptado ir a esa cita.

Meses antes, Ángela, su hermana mayor, la inscribió sin su consentimiento en una página web para encontrar pareja. Incluso, se atrevió a subir una de las fotos del paseo a Aruba, la del vestido de baño blanco con pepas negras. Aunque la imagen no disimulaba su falta de cintura ni lo ancho de sus caderas, resaltaba sus largas y bonitas piernas. A Ángela también le pareció divertido hacerse pasar por María y entablar varias conversaciones virtuales con los posibles candidatos y, así, asegurarse de que su hermana no se fuera a equivocar otra vez. Para eso tenía que contactarla con hombres que estuvieran al nivel económico, racial y social de la familia. Porque solo los sujetos altos, blancos y de ojos claros eran admitidos en la casa de las González.

María seguía esperando y nadie similar a la persona que ella esperaba cruzaba por la puerta del café. El desespero la incitaba a querer fumarse un cigarrillo pero no quería saludarlo con olor a cenicero. Por momentos, quería salir corriendo a la seguridad de su casa, pero la curiosidad y la ilusión de verlo casi que la obligaba a no pararse de su asiento. Alberto parecía tímido, inseguro. Ni siquiera en las fotos que le mandaba salía solo, siempre estaba acompañado de su hermana, Paola. Una mujercita ni blanca ni negra, poco agraciada, de ojos oscuros y cara pícara. Nada que ver con el hombre alto de ojos claros que salía con ella en las imágenes de paseos y fiestas familiares.

Respiró profundamente. Tenía que darle tiempo al tiempo. Además, después de tres años de refunfuñar y lamentarse por haberse casado y, luego, separado legalmente del «gusano ese», ya era hora de buscar compañía.

La primera noche que se encontraron en el chat hablaron hasta la madrugada. Al comienzo se hicieron las preguntas de rutina ¿Cuántos años tienes? ¿En qué trabajas? ¿Por qué llegaste a esta página? Las afinidades fluyeron como el agua, los dos trabajaban en el área de la salud, eran laboralmente independientes, y vivían en la casa con sus papás. Desde ese día hasta el sábado que decidieron conocerse personalmente, se citaban después de las 10:00 p.m. , escribían sobre asuntos de rutina y exploraban la lista de emoticones para esconder comentarios imprudentes. Pero a las 12:00 a.m. subían el tono y compartían fotos de zapatos, imágenes de nudos Shibari: shinju, las perlas; Sakuranbo, las nalgas; Karada, el cuerpo entero.

María dudó un instante. ¿Le habría dado mal las indicaciones del lugar? ¿Y si ya había entrado y no la había visto? No podía ser, el sitio era muy popular. Ella iba con un vestido verde sin mangas, ajustado al cuerpo que le llegaba hasta la rodilla, junto con unas botas que la misma Gatúbela envidiaría, y que eran el fetiche favorito de ambos en sus conversaciones. En cambio, él le dijo que no necesitaba describirle su atuendo, ¿ya se habían visto en fotos, no?

Entonces, levantó la mirada. Una mujercita ni blanca ni negra, poco agraciada, de ojos oscuros y cara pícara se acercó adonde ella estaba y la saludó con beso en la boca.

— ¿Te hice esperar mucho tiempo?¡Estás hermosa! El trancón fue terrible, casi no llego ¿me perdonas?